Al
escribir esta pregunta, lo primero que he pensado es que he aprendido que
en el ámbito educativo hay muy buenos profesionales, gente con mucha
preparación y/o vocación. Me enorgullezco de la especialidad de máster de la
que formo parte porque cuando miro a mis compañeros de Orientación Educativa
veo, en la mayoría, personas muy competentes junto a las que me encantaría
trabajar.
La
primera frase de mis apuntes de esta asignatura es <<Los
contenidos están mal elegidos porque no son útiles para la vida ¿por qué no
estudiar cómo controlar las emociones o cómo comportarnos con nuestra pareja?>>.
Son muchas las cosas que he aprendido, muchas ideas totalmente nuevas para mí
con las que me he encontrado, pero ésta me cautivó.
Ahora
sé que en la escuela no debemos sólo de “enseñar” unos contenidos para preparar
a futuros trabajadores, sino de educar a
personas y favorecer su desarrollo
en todos los ámbitos, no sólo educativo, sino también personal, social,
familiar,…
También
aprendí cuál es la principal causa de
desmotivación de los alumnos: no saber por qué tienen que estudiar y para
qué les va a servir lo que aprendan. Esto es consecuencia de una metodología basada en la transmisión de
unos contenidos disciplinares
descontextualizados.
Además del problema aprendí la solución: cómo
motivarlos a aprender, despertar su interés y estimular su curiosidad
mediante preguntas y problemas reales,
que tengan que ver con su vida, y a la vez que les hagan pensar, investigar,…
en definitiva, construir su propio
conocimiento. Convirtiéndose así en agentes activos en su aprendizaje en
lugar de receptores pasivos de unos contenidos académicos que no entienden —ni su sentido ni menos su utilidad— y que conforme vuelcan en un examen, borran de su
memoria.
A
partir de la genial conferencia de Ken Robinson, aprendí que si tienes miedo a
equivocarte nunca harás nada original. Los niños no tienen miedo a equivocarse,
por eso son potencialmente creativos pero se les educan para que dejen de serlo.
Se les enseña que no deben cometer errores, en lugar de que equivocarse es bueno porque sirve para aprender.
He
aprendido qué es la inclusión, la
integración y las diferencias entre ambas. Así como que uno de nuestros objetivos
debería ser promover una escuela inclusiva, diversificada, flexible y
comprensiva, que dé respuesta a la
heterogeneidad del alumnado, de modo que la igualdad de oportunidades no se
confunda con homogeneidad de contenidos, ritmos, procesos y resultados. Esta
confusión se ha producido con demasiada frecuencia, lo que inevitablemente ha
provocado el fracaso de los más desfavorecidos y la inhibición de la
singularidad de la mayoría de los niños y niñas escolarizados. Por ello, sería
conveniente empezar a hablar de la igualdad
de oportunidades como equivalencia
de posibilidades, de contenidos, estrategias, expectativas y resultados. La
escuela ha de ofrecer oportunidades del mismo rango intelectual y social, pero
no necesariamente con el mismo contenido y al mismo ritmo; opciones diversas de
valor equivalente (Pérez, 2002).
Innovar
no es solo hacer algo nuevo para mejorar, sino saber por qué supone una mejora.
Para innovar es necesario entender la realidad y las causas de que funcionen
unas cosas y no otras. Esto se consigue a través de la reflexión y la investigación-acción, que es sin duda el
motor de la innovación, así como de nuestra mejora y desarrollo como
profesionales.
En
clase se ha dicho que no se puede aprender a ser profesor antes de ser
profesor, y lo mismo del orientador. No se puede enseñar a serlo, sino que es
la experiencia la que te capacita. Yo opino que, a pesar de ello, es
imprescindible llevar en nuestro bagaje
lo aprendido en asignaturas como ésta, que personalmente me ha aportado tanto ideas innovadoras como entusiasmo para llevarlas a cabo.
Referencias
Pérez, A. I.
(2002). Un aprendizaje diverso y relevante. Cuadernos de Pedagogía, 311, 66-70.
http://youtu.be/nPB-41q97zg
Conferencia de Ken Robinson (2006): Las
escuelas matan la creatividad.
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